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Catalunya: “Perplejidades intempestivas”

Domingo 1ro de octubre de 2017, por siawi3

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Source: http://www.fondation-besnard.org/IMG/pdf/carta_a_tomas_ibanez_sobre_perplejidades_intempestivas_.pdf

Alacant, 27-09-2017.

Compañero Tomás

Tus “perplejidades intempestivas” son el mayor exponente leído por mí del sentido común y del seny revolucionario que debieran reinar no sólo entre los libertarios, sino entre todos aquellos que quieren abolir esta sociedad en lugar de administrarla. No obstante, no me extraña que un mogollón de gente que se dice anarquista se haya apuntado a la movida nacionalista y proclame con bríos el derecho a decidir el material del que estarán hechas sus cadenas: ¡hay de Ricardo Mella y “la ley del número”!. Tampoco escasearon los que en su día se subieron al carro de Podemos o al del plataformismo y cambiaron los harapos de la lucha de clases por la ropa nueva de la ciudadanía. Es propio del anarquísmo filisteo ante la menor encrucijada histórica el optar por hacerle el juego al Poder establecido. La guerra civil española es el ejemplo más palmario de ello. Confusión, atracción irresistible del jaleo, desclasamiento, táctica del mal menor, el enemigo de mi enemigo, lo que sea. El resultado final es ese: una masa de paletos esclavos de cualquier causa ajena y un montón de egos enfermizos estilo Colau o Iglesias que pagarían por venderse. En fin, negras tormentas agitan los aires y nubes oscuras nos impiden ver. Intentemos disiparlas.
La cuestión que cabría preguntarse no es por qué un sector local de la clase dominante decide resolver sus diferencias con el Estado por la vía de la movilización callejera, sino por qué una porción considerable de gente con intereses contrapuestos, principalmente jóvenes, actúa como decorado escenográfico y fuerza de choque de la casta que ha patrimonializado Cataluña, clasista, católica, corrupta y autoritaria como la que más. El juego del patriotismo catalán no es difícil de desentrañar y quienes lo promueven y aprovechan nunca han pretendido ocultarlo. El “Procès” ha sido una arriesgada operación de clase. La consolidación de una casta local asociada al desarrollo económico exigía un salto cualitativo en materia autonómica que la estrategia del “peix al cove” (“pájaro que vuela...”) no podía lograr. La negativa de la plutocracia central a “dialogar”, o sea, a transferir competencias, principalmente financieras, bloqueaba el ascenso de dicha casta y mermaba peligrosamente su influencia y capacidad política de cara a unos empresarios, industriales y banqueros dispuestos a dejarse liderar por soberanistas con tal de triplicar sus beneficios. La decisión por la cúspide de ir al “choque de trenes” significó una ruptura radical de la política pactista del catalanismo político. Aunque no iba en serio, es decir, que nunca tuvo como finalidad la declaración unilateral de independencia, necesitó de un aparato movilizador bien montado con el fin de inocular una mística patriotera que pusiera a hervir de forma controlada el caldo identitario. La demagogia independentista, armada con el marketing de la identidad, supo prolongarse en un ciudadanismo democrático con el que pudo sacar a la calle a masas demasiado domesticadas para hacerlo por propia voluntad. Con gran habilidad tocó la fibra oscura de las emociones reprimidas y los sentimientos gregarios que anidan en los siervos del consumo, es decir, supo remover en provecho suyo el poso de la alienación. El objetivo, según mi punto de vista, ha tenido éxito, y la casta dirigente estatal está mucho más dispuesta a modificar la constitución del posfranquismo para mejor encaje de la casta catalanista, aunque para ello ésta tendrá que sacrificar algunas figuras por el camino, quizás al mismo Puigdemont. Poderosos representantes del gran capital (por ejemplo, Felipe González) así parecen indicarlo.

El nacionalismo está manejado por timadores, pero en sí mismo no es un timo. Es el reflejo sentimental de una situación frustrante para una mayoría de subjetividades pulverizadas. No actúa de forma racional, puesto que no es fruto de la razón; es más una psicosis que un pálpito de liberación. La explicación de la eclosión emocional patriótica en la sociedad catalana habrá que irla a buscar en la psicología de masas y para ello nos serán más útiles Reich, Canetti o incluso Nietzsche, que teóricos como Marx, Reclus o Pannekoek. La convicción y el entusiasmo de la multitud no provienen de fríos razonamientos lógicos o de rigurosos análisis socio-históricos; más bien tiene que ver con las descargas emocionales sin riesgo, la sensación de poder que producen los amontonamientos, el fetichismo de la bandera u otros símbolos, la catalanidad virtual de las redes sociales, etc., características de una masa desarraigada, atomizada y desclasada, y, por lo tanto, sin valores, objetivos e ideales propios, predispuesta a comulgar con las ruedas de molino que se repartan. La vida cotidiana colonizada por el poder de la mercancía y del Estado es una vida repleta de conflictos latentes e interiorizados, dotados de un exceso de energía que los hace emerger en forma de neurosis individuales o colectivas. El nacionalismo, de cualquier signo, ofrece un excelente mecanismo de canalización de esos impulsos que, si se hicieran conscientes, constituirían un temible factor de revuelta.
El nacionalismo divide la sociedad en dos bandos paranoicos enfrentados artificialmente por sus obsesiones. Los intereses materiales, morales, culturales, etc., no cuentan. Nada que ver con la justicia, la libertad, la igualdad y la emancipación universales. El pueblo catalán es algo tan abstracto como el pueblo español, un ente que sirve de coartada para una soberanía de casta con su policía notablemente represora. Un pueblo únicamente se define contra todo poder que no emane de él o que se separe de él. Por consiguiente, un pueblo con Estado no es un pueblo. Convendrás conmigo en que la historia la hace la gente común mediante asambleas y organismos nacidos de ellas, pero tal como están las cosas, la historia es de quien la manipula mejor. Lo que dicha gente hace es proporcionar el marco popular de una mala función de teatro donde se ventila un prosaico reparto de poder. Cualquiera puede hacer sus cálculos y navegar en consideración dentro o fuera de las aguas nacionalistas de una turbulencia más bien calma, pero nunca deberá perder de vista el meollo de la cuestión.

Fraternalmente,
Miquel Amorós

°°

Source: http://www.fondation-besnard.org/spip.php?article2966

Perplejidades intempestivas.

Cuando acontecen en Catalunya cambios tan drásticos como los que se han producido desde las multitudinarias manifestaciones del 15 de mayo de 2011 resulta difícil experimentar cierta perplejidad.
¿Que ha podido ocurrir para que algunos de los sectores más combativos de la sociedad catalana hayan pasado de “rodear el Parlament” en el verano del 2011 a querer defender las Instituciones de Catalunya en septiembre del 2017?
¿Que ha podido ocurrir para que esos sectores hayan pasado de plantar cara a los mossos d’escuadra en la plaza catalunya, y de recriminarles salvajadas, como las que padecieron Esther Quintana o Andrés Benítez, a aplaudir ahora su presencia en las calles y a temer que no tengan plena autonomía policial?
¿Que ha podido ocurrir para que parte de esos sectores hayan pasado de denunciar el Govern por sus políticas antisociales a votar hace poco sus presupuestos? ¿Pero, también, que ha podido ocurrir para que ciertos sectores del anarcosindicalismo hayan pasado de afirmar que las libertades nunca se han conseguido votando a defender ahora que se dé esa posibilidad a la ciudadanía?
La lista de preguntas se podría ampliar enormemente y se podrían aportar múltiples respuestas a las pocas que aquí se han formulado. En efecto, se pueden aducir factores tales como el agotamiento del ciclo del 78, la crisis económica con sus correspondientes recortes y precarizaciones, la instalación de la derecha en el gobierno español con sus políticas autoritarias y sus recortes de libertades, la escandalosa corrupción del partido mayoritario etc. etc.
Sin embargo me parece que sería ingenuo excluir de esas respuestas la que pasa por tomar en cuenta, también, el extraordinario auge del sentimiento nacionalista. Un auge que, sin duda alguna, han contribuido a potenciar los factores a los que acabo de aludir pero que también ha recibido muy importantes dosis de combustible desde las propias estructuras del gobierno catalán y desde su control de las televisiones públicas catalanas. Varios años de persistente excitación de la fibra nacionalista no podían no tener importantes efectos sobre las subjetividades, tanto más cuanto que las estrategias para ampliar la base del independentismo nacionalista catalán han sido, y siguen siendo, de una extraordinaria inteligencia. La potencia de un relato construido a partir del derecho a decidir, en base a la imagen de las urnas, y a la exigencia de la libertad de votar, era extraordinaria y conseguía disimular perfectamente el hecho de que era todo un aparato de gobierno el que se volcaba en promover ese relato.
Hoy, la estelada (roja o azul) es sin la menor duda el símbolo cargado de emotividad bajo el cual se movilizan las masas, y es precisamente ese aspecto el que no deberían menospreciar quienes sin ser nacionalistas ven en las movilizaciones pro referéndum una oportunidad que los libertarios no deberían desaprovechar para intentar abrir espacios con potencialidades, sino revolucionarias, por lo menos portadoras de una fuerte agitación social, y se lanzan por lo tanto en la batalla que enfrenta los gobiernos de España y de Catalunya.
No deberían menospreciarlo porque cuando un movimiento de lucha incluye un importante componente nacionalista, y este es, sin duda alguna, el caso en el presente conflicto, las posibilidades de un cambio de carácter emancipatorio son estrictamente nulas.
Me gustaría compartir el optimismo de los compañeros que quieren intentar abrir grietas en la situación actual para posibilitar salidas emancipatorias, sin embargo no puedo cerrar los ojos ante la evidencia de que las insurrecciones populares, y los movimientos por los derechos sociales nunca son transversales, siempre encuentran a las clases dominantes formando piña en un lado de las barricadas. Mientras que en los procesos de autodeterminación, y el actual movimiento es claramente de ese tipo, siempre interviene un fuerte componente interclasista.
Esos procesos siempre hermanan a los explotados y a los explotadores en pos de un objetivo que nunca es el de superar las desigualdades sociales. El resultado, corroborado por la historia, es que los procesos de autodeterminación de las naciones siempre acaban reproduciendo la sociedad de clases, volviendo a subyugar las clases populares después de que estás hayan sido la principal carne de cañón en esas contiendas.
Eso no significa que no haya que luchar contra los nacionalismos dominantes y procurar destruirlos, pero hay que hacerlo denunciando constantemente los nacionalismos ascendentes, en lugar de confluir con ellos bajo el pretexto de que esa lucha conjunta puede proporcionarnos posibilidades de desbordar sus planteamientos y de arrinconar a quienes solo persiguen la creación de un nuevo Estado nacional que puedan controlar. Que nadie lo dude, esos compañeros de viaje serán los primeros en reprimirnos en cuanto no nos necesiten, y ya deberíamos estar escarmentados de sacarles las castañas del fuego.

Tomás Ibañez
Barcelona 26 de septiembre de 2017

°°

Source: http://www.fondation-besnard.org/spip.php?article2969

Perplejidades nº 2 (y algunas certezas) en vísperas del 1º de Octubre

Viernes 29 de septiembre de 2017,

por Ibáñez Tomás

Perplejidades no 2 (y algunas certezas) en vísperas del 1o de Octubre
Ya ha pasado la hora de disertar sobre los factores que han conducido a la situación actual, entre los cuales figuran sin duda un justificado cabreo de buena parte de la población catalana contra el gobierno del PP, una serie de indiscutibles agravios con sus correspondientes indignaciones, pero, también, la constante y prolongada excitación de la fibra nacional mediante el férreo control de las televisiones y radios públicas catalanas, sin olvidar, tampoco, la fuerte voluntad de acceder a un mayor grado de Poder por parte de unas élites políticas y económicas fascinadas por la perspectiva de convertirse en Estado.
Lo que requiere el momento actual, desde una perspectiva libertaria, es más bien una reflexión sobre las estrategias y los planteamientos en los que se ha adentrado una parte del sector anarquista, y del conglomerado libertario muchísimo más amplio en el que se encuentra incluido. Y confieso que esa reflexión me provoca una creciente perplejidad, a la vez que me conduce a reafirmar algunas certezas ancladas en la memoria libertaria de las luchas.
La perplejidad es inevitable cuando se observa como se transita paulatinamente desde una obvia simpatía, y hasta una participación, en el multi-referéndum vinculado al “derecho a decidir sobre todo” (por cierto, reprimido por la policía del Govern en Mayo del 2014) al apoyo a un uni-referéndum que sólo contempla el derecho a decidir si se expresa en clave nacional.
La perplejidad es inevitable cuando se observa cómo se produce un imperceptible desliz desde el hecho de llamar a la movilización, cosa harto positiva, a llamar a acudir a las urnas y a participar en el referéndum. Perplejidad porque, ¿cúal es el quid de la cuestión, y cual es el objetivo? ¿ Que haya una gran movilización contra el Gobierno y sus aparatos represivos, o bien que se llenen las urnas? ¿Acaso la fuerza de la movilización se establecerá en base al número de papeletas en las urnas, en lugar de valorarla en función del número de personas en las calles, y, sobre todo en su grado de determinación para luchar?
Es cierto que el nervio de la protesta popular toma actualmente la forma de la defensa de las urnas (del “derecho a votar” en este referéndum, y del ejercicio factual de ese derecho: “votando”). Pero, desde una posición anarquista ¿acaso es necesario llamar a votar, o incluso integrarse en los Comités de Defensa del Referéndum, afin de conectar con la protesta popular y procurar radicalizarla? ¿No se puede hacer frente a la represión, junto a la gente, sin legitimar por ello un referéndum que enfrenta a dos gobiernos, respaldados ambos por una parte de la población? ¿Hay que gritar “Votarem” en lugar de “Resistirem” o de “Vencerem”, para participar legítimamente en la movilización?
La alternativa no es la de no hacer nada o bien defender las urnas, la alternativa no se plantea en términos del falso dilema entre tomar partido por quienes defienden el referéndum, o bien permanecer al margen de la lucha popular. Y, desde luego, luchar contra el capital y el Estado, incluso en el momento actual, es perfectamente compatible con negarse a engrosar las filas que se sitúan bajo una bandera nacional, y que son convocadas al amparo de un Gobierno, de sus parlamentarios y de su policía.
“La legalidad mata”, nos recuerda Santiago López Petit en un interesante escrito (“Prendre partit en una situacio estranya” www.elcritic), claro, pero también lo hace aquella legalidad en la que se ampara “el actor necesario” y principal artífice del referéndum, es decir el Govern. Hacer saltar por los aires la legalidad española es algo que resulta extraordinariamente valioso (...si eso de verdad se consigue, más allá de las grietas que ya se han producido), sin embargo, ya no resulta tan valioso si eso se lleva a cabo al amparo de otra legalidad instituida, por mucho que se apueste por hacerla saltar ella también por los aires después de haberla acatado y confortado en el momento presente. ¿No sería más coherente no contribuir a reforzarla en lo inmediato, y empezar ya a quebrar esa otra legalidad desobedeciendo su exhortación a acudir a “su” referéndum?
Por supuesto, resulta imposible prever el desenlace del órdago planteado por el Govern ¿Qué puede pasar el domingo y los días siguientes? ¿Quién puede saberlo? Lo que es obvio es que el gobierno del PP ya está ahora mismo notablemente debilitado tanto en la esfera internacional, como en Catalunya, y en ciertos sectores de la opinión pública española reacios, por suerte, a todas las manifestaciones represivas. Lo que también parece probable es que, por muy tensa que sea la situación la noche del domingo y el día 2 de octubre con eventuales encierros de los parlamentarios independentistas en sede parlamentaria y ocupaciones de espacios al estilo de la plaza ucraniana de Maidán (en menos sangriento), se abrirá un espacio para calmar el juego, rebajar la tensión, “restablecer el orden” y posibilitar un inicio de negociación entre los dos Gobiernos, a partir de las posiciones de fuerza alcanzadas por cada uno de ellos.
¿Negociación para atender las demandas de los sindicatos que han convocado la huelga general del 3 de octubre? No hay condiciones para ello, porque el escenario principal no es el de una lucha laboral ni el de una lucha de clases y, salvo que se hayan producido muertes y que la huelga general se haya generalizado, le entrada de CGT y CNT en esta batalla sólo habrá servido la causa independentista, para nada la de los trabajadores.
Ojalá me equivoque. En lo que no creo equivocarme es en el pronóstico de que el nacionalismo español saldrá reforzado, lo cual no sólo podría dar alas a la extrema derecha sino que también podría asegurar una victoria electoral al PP si se disuelven las cortes en un plazo breve. No sé si la perspectiva de que también salga reforzado el nacionalismo catalán puede servir de consuelo a quienes tienen un mínimo de sensibilidad libertaria. Si ese fuese un pronóstico acertado, dicho con todo respeto por los compañeros que tienen otros análisis, tan legítimos como el que aquí se expresa, quedaría patente el error cometido por un sector del anarquismo al adoptar una perspectiva muy, pero que muy cortoplacista.

Tomás Ibáñez
Barcelona 29 de septiembre 2017