Subscribe to SIAWI content updates by Email
Portada del sitio > Resources > Sobrevenida y frustrada. La autogestión en la Argelia independiente

Sobrevenida y frustrada. La autogestión en la Argelia independiente

Domingo 20 de enero de 2019, por Marieme Helie Lucas, siawi3

Todas las versiones de este artículo: [Español] [français]

Source: El Viejo Topo, nº 372, janvier 2019, pp. 60-67.

Damien Hélie, Les débuts de l’autogestion industrielle en Algérie.
Préface de Marieme Helie Lucas,
Publié conjointement par Editions de L’Asymétrie / Pecos & Robin-Publications, Novembre 2018.

°

Sobrevenida y frustrada. La autogestión en la Argelia independiente*
(Una crónica en primera persona)

Marieme Helie Lucas

Nota editorial

El texto que sigue requiere unas indicaciones preliminares. Argelia no está en el foco del interés pese a encontrarse tan próxima a las costas españolas. Mucho menos para evocar los terribles acontecimientos que conoció en las décadas de los cincuenta y sesenta. Hace unos meses el presidente Emmanuel Macron pidió perdón en nombre del Estado francés por la desaparición, después de haber sido torturado, del joven profesor Maurice Audin. Es un indicador de la brutalidad que acompañó a la guerra de la independencia. Una brutalidad sangrienta a la que sucedió una supervivencia en condiciones extremas. De esas condiciones habla este texto, pensado como un prefacio para un ensayo sobre la autogestión industrial. Argelia se convirtió en modelo de la descolonización y, sobre todo, de la revolución; hasta el punto de que cuando Timothy Leary, el gurú de la contracultura norteamericana, huye de la cárcel su destino es Argelia. Allí recalarán, algo más tarde, en busca de patronazgo, grupos como ETA y el MPAIAC.
Pero detrás de esa imagen de rebelión algo romantizada había una realidad dura, no solo por las condiciones materiales sino también por la deriva de las nuevas autoridades. La autora, socióloga, da cuenta de ello y lo hace en primera persona, como testigo y algo más. (En realidad hay dos primeras personas, dos trayectorias biográficas superpuestas, como se verá). Marieme Helie Lucas fue protagonista de aquellos años a la vez duros y esperanzadores y desempeñó tareas de responsabilidad en el sector petrolero; la primera persona no torna sentimental la crónica sino que la humaniza, porque los cambios sociales son a la postre el resultado de la voluntad y del coraje de personas con nombres y apellidos. Y otras voluntades son responsables de torcer su curso. Todo eso está en estas páginas.
Es una crónica, además, en femenino, valga la expresión. Un dato de interés porque el proscenio de los movimientos de liberación es abrumadoramente masculino, algo destacable desde la mirada de hoy. Son dos rasgos del presente los que han alentado a la autora a dar a la luz este texto que sirve de introducción a un trabajo sobre la autogestión escrito al calor de aquellos años relatados en La batalla de Argel por Gillo Pontecorbo. Por un lado, el profundo desconocimiento que observa en los jóvenes de hoy –argelinos y franceses, en primer lugar, claro–; por otro y principalmente, porque los desmanes del neoliberalismo y las consecuencias de las políticas austericidas han reverdecido el interés por las experiencias autogestionarias en el mundo.
Para hacernos una idea del significado de esta experiencia parece oportuno recordar unas palabras escritas en los sesenta por una figura destacada de la Cuarta Internacional:
“Entre 1962 y 1965, miles de explotaciones agrícolas, así como empresas industriales argelinas, adoptaron el sistema de autogestión establecido por los llamados decretos de ‘marzo de 1963’; la mayoría de estas empresas siguen existiendo a pesar de todas las deformaciones a que se ha visto sometida la concepción original del sistema. Consideramos esta experiencia como una de las más interesantes en la larga marcha histórica de las masas trabajadoras en el camino hacia la liberación social real, y absolutamente congruente con las preocupaciones de nuestro tiempo, tanto en regímenes capitalistas como socialistas, en lo que se refiere al acceso de los productores directos y de los ciudadanos a la gestión efectiva de la producción, del Estado y de la vida social en su conjunto”. (Michel Raptis, “Le dossier de l’autogestion en Algérie”, monográfico, Autogestion. Études, débats, documents, cahier nº 3, septiembre 1967, p. 4).

El artículo que sigue es una adaptación del texto publicado en francés como prefacio a: Damien Hélie, Les débuts de l’autogestion industrielle en Algérie. Préface de Marieme Helie Lucas, L’Asymetrie (collection Sous les Tropismes) – Pecos & Robin-Publications, 2018. Damien Hélie murió en 1967 en un accidente y el borrador de su tesis permaneció inédito y encomendado a la autora de este artículo, que ha decidido sacarlo ahora a la luz por las razones mencionadas.

****************

* Nota editorial, títulos intermedios y traducción de Martín Alonso.

marieme helie lucas

Presentar hoy la investigación realizada por un estudioso muy joven a principios de la década de 1960 se enfrenta a un gran escollo: conocemos el fin de la historia (el abandono gradual del léxico socialista en Argelia hasta su venta final de las empresas estatales al capital privado) pero Damien Hélie no lo conocía y no ha podido conocerlo. Aborda así el tema con, al mismo tiempo, mucha empatía hacia la opción por la autogestión y sus actores, los trabajadores, a los que da la palabra de forma extensa, y con una toma de conciencia desmoralizadora de la falta de formación política suficiente de la mayoría de ellos, así como de las ambigüedades políticas del Estado en relación la autogestión, por decirlo suave.
Es consiguientemente una opción deliberada dirigida a impedir que todo lo que sabemos sobre la historia de Argelia interfiera con este texto escrito en la década de 1960, el que ninguno de los ejemplos que doy a continuación se refiera a la autogestión industrial, prefiriendo en su lugar el contexto político general o a la autogestión agrícola; es igualmente intencionada la mirada eminentemente personal de la autora.

El escrito de Damien Hélie sigue siendo el único estudio en caliente de la autogestión industrial, tal y como se puso en práctica –enseguida quedará claro qué significa esto– en el período inmediatamente posterior a la independencia. Es poco probable que recordemos hoy las circunstancias en que se implementó la autogestión en Argelia, más aún porque se contó después como una elección política consciente y planificada. Esto es lo que me gustaría recordar aquí.
Es verdad que durante los últimos años de la guerra de independencia hubo entre los refugiados argelinos en Marruecos algunas personas interesadas en la autogestión; pero no lo es menos que esa forma de organización del trabajo estaba lejos de ser una opción oficial para la post-liberación.

El legado de la colonización

Lo que las generaciones jóvenes no pueden comprender cabalmente hoy es el estado en el que la colonización había dejado Argelia: no teníamos cuadros superiores y prácticamente ni siquiera cuadros medios.
Para poner un ejemplo gráfico, solo teníamos cuatro (¡sí: 4!) ingenieros de muy alto nivel, exactamente el mismo número de sociólogos, etc.… Podría citar a cada uno de ellos por su nombre. Entre los escasos argelinos que tenían educación universitaria, la mayoría eran abogados o doctores porque la colonización toleró el acceso a estas profesiones para atender a las necesidades específicas de los ‘indígenas’. Del mismo modo, prácticamente no había industrias y tuvimos que crearlas desde cero en los años posteriores a la liberación.

Las industrias alimentarias de pasta, cuscús y aceite de oliva llevaban funcionando mucho tiempo, en manos de propietarios privados, pero, en cuanto al resto, Francia había rechazado la industrialización de Argelia. De hecho, permitir que Argelia se industrializara habría posibilitado a los colonos ‘europeos’ ser autosuficientes y separarse de la «metrópoli», según el modelo sudafricano.
La segunda guerra mundial había puesto de manifiesto que Argelia, privada de contactos con su base francesa, carecía de los productos manufacturados más básicos; eran todos importados. No había, por ejemplo, ni telas ni ropa ni zapatos. Porque Argelia no tenía industria textil, ni de géneros de punto, ni de pieles o curtidos, etc. Por eso los colonos europeos intentaron tras la Segunda Guerra Mundial hacerse autónomos –tanto desde el punto de vista económico como político– respecto a Francia mediante la creación de industrias locales; pero la metrópolis se resistió firmemente a ello.

Ayudar para subsistir

De modo que cuando llegó la independencia, con la salida masiva de europeos las empresas agrícolas y las escasísimas empresas industriales existentes se encontraron de repente sin directivos, sin cuadros superiores e incluso intermedios, porque todos estos puestos habían sido ocupados anteriormente por europeos.
Si bien el nuevo gobierno de la Argelia independiente se puso rápidamente manos a la obra para industrializar y para formar cuadros medios y superiores para sus empresas tanto las nuevas como las ya existentes, el proceso requirió necesariamente varios años antes de que los nuevos trabajadores especializados, capataces e ingenieros estuvieran en condiciones de poner en práctica sus competencias.
Entre tanto, era necesario hacer funcionar aquello con lo que se contaba, aunque solo fueran las granjas abandonadas por la partida de los europeos. Lo que sucedió entonces no es consecuencia de una decisión política en la cumbre, ni de la opción por la «autogestión» como modo de desarrollo socialista; la gente simplemente se arremangaba y se ponía a trabajar para no morir de hambre. Y también porque por fin se encontraban “en su casa” y eran los “amos” de la Argelia independiente. Se habían convertido de subordinados en responsables.

En las empresas agrícolas, todos los trabajadores con algún conocimiento tuvieron inmediatamente que hacer frente a las cosechas y a su comercialización desde el verano del 62, así como hacerse cargo de procurarse semillas y ocuparse de la siembra en otoño. Era simplemente una cuestión de supervivencia para la población. Por lo tanto, la autogestión era una cuestión práctica, una estrategia de supervivencia, no el resultado de aplicar una directiva política en la organización del trabajo. Los pocos trabajadores agrícolas que no eran analfabetos llegaron automáticamente a los puestos de dirección, aunque esta tuviera forma colegiada, de lo que más tarde se llamaron empresas autogestionadas. Ocurrió lo mismo en nuestras exiguas industrias.
Para poner el ejemplo de la capital, Argel, donde yo vivía, todos estudiantes, desde la escuela a la universidad pasando por el instituto, se dieron cuenta rápidamente de la necesidad imperiosa y del deber de acudir a ayudar a los trabajadores analfabetos a realizar los pedidos de semillas o suministros, llevar la contabilidad…; en resumen, todo lo que requería alfabetización y algunos conocimientos. La emigración esporádica de ‘las personas de letras’ durante el fin de semana o en las fechas clave de la temporada agrícola se puso en marcha espontáneamente en el verano del 62, mucho antes de que esta ayuda fuera organizada desde arriba con Ben Bella, con autobuses que transportaban gratuitamente los fines de semana a estudiantes de bachiller a las granjas autogestionadas del Sahel y Mitidja, y antes de que el gobierno organizara las instalaciones para alojarlos in situ.
En lo que respecta a la industria, quiero recordar la escasez de bienes de todo tipo en los meses posteriores a la independencia. Otro ejemplo gráfico: se podían ver en las tiendas locales de ultramarinos en estado de abandono, metros de estantes completamente vacíos con un solo paquete de detergente como único inquilino. Yo había visto ya cuadros como este, antes de la independencia, en la Unión Soviética en períodos particularmente difíciles de su historia.

La corta vida de la autogestión

De modo que antes de crear empresas agrícolas o industriales, la independencia nos enfrentó a un gran reto: hacer funcionar lo poco con lo que contábamos, y hacerlo a pesar de la falta de cuadros capacitados. En esto consistía la autogestión, mucho antes de los decretos presidenciales, los llamados decretos de marzo, que sirvieron para aportar un marco legal a la autogestión tal y como funcionaba de manera, cabe decir espontánea, en la práctica.
Sin embargo, estos decretos no solo dieron un estatus legal a la autogestión: también vinieron a supervisarla y controlarla. De modo que allí donde los trabajadores habían sido los únicos amos de las instalaciones en los primeros meses de independencia, un «director», designado por la administración y no elegido por los trabajadores como ocurría con los consejos de empresa, asumió la tarea de tomar las decisiones de las empresas que desde ese momento no tenían de autogestionadas más que el nombre y no hicieron otra cosa sino llevar a cabo los programas de producción decididos en la cúpula política.

El gobierno distribuyó carteles a los consejos de trabajadores en las empresas autogestionadas para explicarles mejor el funcionamiento diseñado por los decretos: se ve claramente en ellos una forma de funcionamiento piramidal, cuya base se compone de trabajadores agrícolas, que están representados en el nivel superior por un consejo elegido por ellos y a la cabeza del cual se encuentra el presidente de este consejo de trabajadores. El poder de toma de decisiones va desde la base hasta la cúspide. Todos esos carteles se ajustan al estereotipo de los trabajadores agrícolas: sarouel (calzón corto hasta las pantorrillas), turbantes, sentados en el suelo con las piernas cruzadas.
Sí, pero he aquí que hace entrada por el lateral del cartel y desde su parte superior, a la altura del presidente del consejo de trabajadores, un hombre en atuendo muy diferente: lleva un traje de tres piezas y sostiene un maletín de ejecutivo; tiene un ademán dinámico que contrasta con la postura de los trabajadores sentados en el suelo: se encarga de transmitir al presidente del consejo de trabajadores autogestionados las consignas del Estado. Y es él quien tiene la última palabra sobre las decisiones, como sugiere el cartel. No sé quién fue el diseñador gráfico que hizo estos carteles y cómo sus patrocinadores no se dieron cuenta de lo que traslucían, pero en cualquier caso reflejaban con precisión la relación de fuerza entre trabajadores autogestionados y administración.

Pero entre 1962 y 1964-65, la realidad de esta desnaturalización solo fue captada por unas pocas personas, mientras que las más continuaron arrullándose con ilusiones y mitos. Uno de los que vio claramente lo que estaba sucediendo fue Damien Hélie. Lo vivió en una gran soledad moral y política, también intelectual, ya que la mayoría de nosotros persistíamos en la negación de la realidad.

El entusiasmo de la solidaridad

En efecto, lo que quiero enfatizar aquí es el enorme entusiasmo popular generado por los inicios de la autogestión. Resulta seguramente imposible hoy imaginar cómo trabajabamos catorce o dieciséis horas al día, durante varios meses sin cobrar nada (porque la administración argelina estaba justo poniéndose en marcha), compartiendo con otros amigos nuestro salario cuando alguno de nosotros podía cobrar uno. Pasé un año completo antes de cobrar mi primer (exiguo) salario, y tuvieron que pasar varios meses más antes de que me llegara con regularidad.
No había límites a la entrega de todos y cada uno, a su devoción a la patria; y esta entrega empezaba por un trabajo sin límite. Todos se sentían los verdaderos dueños de las empresas, responsables de sus éxitos o sus fracasos.

Recuerdo haber asistido en febrero de 1964 a la firma de los acuerdos con la Unión Soviética que conducirían a la creación del Centro de Hidrocarburos y Textiles en Boumerdes; eso ocurrió sólo tres semanas después de un parto muy complicado por cesárea para el nacimiento de mi hija Anissa, pero ni siquiera se me habría pasado por la cabeza no acudir a la firma de un acuerdo que proporcionaría por fin la capacidad de formar a nuestros propios cuadros en el sector de hidrocarburos, condición esencial para la argelinización de las compañías petroleras. Era realmente un momento histórico. En efecto, desde la independencia nosotros habíamos reivindicado en vano nuestra causa ante el Instituto Francés del Petróleo (IFP) para que aceptara una primera promoción de argelinos, pero el IFP demoró su respuesta durante varios meses con diversos pretextos - y en realidad no se interesó y finalmente respondió positivamente a nuestra petición de formación de cuadros medios y altos para el sector petrolero más que cuando Francia se encontró ante un hecho consumado: podíamos prescindir de ella, gracias a la Unión Soviética.

El voluntariado era algo natural, era evidente: si se necesitaba hacer algo en algún sitio, y podíamos hacerlo, allí nos presentábamos, sin más. Resultaba palmariamente simple para todos. Hacer bien el trabajo era, en sí mismo, una tarea revolucionaria. Hacer más que el trabajo de uno también.
Decir que fue un período emocionante es una formulación demasiado prosaica para lo que entonces vivimos. Nuestros sueños estaban en nuestras manos y no había más límite que el cielo... Mi generación tiene la suerte de haber vivido este breve momento de nuestra historia. Y recordarlo, para decir que todavía es posible, que es posible cuando los trabajadores no se ven desposeídos de los frutos de su trabajo, cuando no se les excluye de las decisiones que les conciernen.
Este fue un período corto de tiempo, apenas unos años; el desencanto comenzó con los decretos de marzo sobre la autogestión y continuó sin desfallecer hasta que los trabajadores se desentendieron de sus empresas, puesto que precisamente habían dejado de ser suyas.

La burocratización de la autogestión

Es este período aún increíblemente fructífero, estimulante, pero ya triste y amargo, el que captura la investigación de Damien Hélie.

Decía él a menudo en tono de broma que pondría en primer plano en su ensayo la frase que un trabajador le había dicho para describir la situación de los trabajadores en relación con las administraciones y los burócratas que las dirigían: «El que no da golpe se lleva la pasta». Es decir: el que no hace nada, no trabaja, es quien toca los billetes, el dinero, la pasta... Un atajo expresivo para dibujar con tinta fuerte el desencanto de aquellos que habían puesto en marcha la autogestión y se vieron desalojados de ella.
Desde luego que la universidad no es el lugar más propicio para este tipo de declaración incendiaria, pero nada podría, en mi opinión, resumir mejor lo que sucedió con la extraordinaria iniciativa popular –la autogestión encarnada en la práctica– que permitió a Argelia sobrevivir y a los argelinos comer, vestirse e ir a la escuela; hasta que el Estado le cortó las alas.
Recuerdo un viaje al Ouarsenis profundo durante el invierno del 62-63, cuando encontramos cerca de una mechta (un grupo de 5 o 6 casas que forman parte de una aldea) a unos cuantos hombres atareados en empedrar un camino destinado a facilitar el acceso a una pequeña construcción nueva en la parte superior de una colina: su futura escuela. La habían levantado con sus manos, sin pedir ayuda alguna al Estado (que de todas maneras no estaba en condiciones de proporcionársela en esos momentos), contando solo con sus propios recursos y con la fuerza de sus brazos. Se componía de dos salas, una para la clase y otra para el alojamiento del maestro; ni agua ni electricidad, huelga decirlo, pero, nos dijeron los campesinos, eso vendría con la electrificación de su municipio. Cuando concluyeron la tarea, encargaron que se escribiera una carta al ministro de educación en Argel: "Querido hermano ministro (como se decía entonces), hemos terminado la escuela, el alojamiento del maestro y el camino que conduce hasta allí; envíenos al maestro, por favor”. (Tuve en mis manos una copia de la carta).
Sorprendentemente, al cabo de unos meses recibieron una respuesta y la visita de dos inspectores del ministerio; estos elaboraron un informe y la decisión ministerial llegó un año después a los “Queridos hermanos del municipio de...”. Se les comunicaba que las dimensiones de los locales “no se ajustaban a las normas” previstas para las aulas y el alojamiento del maestro. (También vi la respuesta con mis propios ojos al volver al lugar). Una historia que en su laconismo revela elocuentemente el arte de matar el espíritu autogestionario de los ciudadanos.

Y aquí hoy debo introducir una precisión que me toca especialmente: para estos campesinos analfabetos, practicantes musulmanes como se es de una generación a otra en el mundo rural, ¡la escuela también era para niñas! Estaba fuera de discusión enviar solo a los niños: era la nación entera la que tenía que ser educada, en las mentes de esos jóvenes de ambos sexos. En este momento de la independencia, los campesinos analfabetos daban espontáneamente lecciones de igualdad entre los ciudadanos y ciudadanas. El islam de sus padres no era un obstáculo al respecto para ellos.
Otra pequeña anécdota para ilustrar la desposesión de los trabajadores: en una granja ‘autogestionada’ a unos diez kilómetros de mi casa, cerca de Argel, que generaba una producción regular de hortalizas, el director anunció un día la decisión tomada arriba de que en adelante se producirían frutas. ¿Por qué no? Después de todo, la región es apta para los frutales. El problema es que a los burócratas les preocupaba que al cabo de dos o tres años, los “malos trabajadores” todavía no hubieran cosechado frutos, tan ignorantes eran que no sabían que los árboles necesitan de 6 a 7 años para dar fruto.
Después de muchas amonestaciones dirigidas a demostrar que la improductividad de sus árboles era responsabilidad suya –una manera como cualquiera otra de atacar el principio mismo de la autogestión: no debemos permitir que los ignorantes analfabetos decidan el futuro de una granja en la que han estado trabajando durante 20 a 30 años–: los trabajadores vieron un día descargar sin previo aviso, digo bien sin comunicación previa, camiones con vacas. Como eran tan malos agricultores, debían convertirse en ganaderos: para eso al menos no había nada más que hacer más que dejar pastar... Por desgracia, no había prados adecuados para alimentar a las vacas. Los animales se quedaron escuálidos. Cansados, los heterogestionados se comieron una; pero como era propiedad del Estado... el hecho fue calificado de robo.

La mirada de un colono comprometido con la revolución

Damien Hélie ha vivido innumerables historias de este tipo en las empresas de la industria autogestionada. Escribir los resultados de su investigación fue un calvario para él. Sus esperanzas de una Argelia independiente se derrumbaban ante sus ojos. Él, que había pagado un precio para lograr esta independencia.
Había llegado a Argelia a la edad de diez años, cuando su padre, un jurista cercano a los sindicatos obreros en París, había sido llamado para crear el organismo de la seguridad social en Argelia (Casicra, si recuerdo bien). Su madre, nombrada maestra en Draria en los suburbios de Argel (entonces un pueblo aislado) y luego en la parte baja de la Kasbah, veía con horror las desigualdades de que eran víctimas los argelinos bajo la colonización. Fue gracias a su hermana, seis años mayor que él, como conoció a los pocos estudiantes argelinos de la época. Entre ellos a Rachid Amara con quien pasó la última noche en la ciudad universitaria de Ben Aknoun antes de irse al maquis
Resulta bastante natural que la familia Hélie se pusiera al servicio de la lucha de liberación, escondiendo y albergando a activistas, por lo que una noche de 1957 fueron conducidos todos a la Villa Césini por los paracaidistas de Massu. Georges Hélie, el padre de Damien, se quedó sordo a causa de las torturas. Luego fue recluido en el campo de Beni Messous, y al final en la prisión de Barberousse (Serkaji hoy) en la parte de arriba de la Casbah.
No voy a relatar aquí la experiencia de Damien, que contaba entonces 16 años, en Villa Césini. Solo quiero recordar que unos meses más tarde me dijo de la manera más natural que si, como consecuencia de sus actividades, su prórroga universitaria fuera anulada y recibiera la llamada para “servir bajo la bandera” de Francia, inmediatamente pasaría al maquis para unirse al FLN. Su compromiso con la causa nacional era total. Teníamos solo 17 años.

No es, por lo tanto, un «extraño» quien siguió la invención de la autogestión industrial y que dio cuenta de ello en su tesis, así como de su declive y caída. Es alguien que, como todos nosotros, luchaba visceralmente por el éxito de esta empresa; y es alguien que fue consciente y sufrió mucho, antes que la mayoría de nosotros, al identificar los obstáculos internos que tendría que enfrentar la Argelia independiente.
Veo (pero no hablo aquí por él) en el estudio de la autogestión industrial de Damien Hélie la aparición y formación de lo que Djilas llamó en Yugoslavia la “nueva clase”, para designar a aquellos que, pese a no poseer los medios de producción al principio, los hacen funcionar, durante un tiempo, en provecho propio para reproducirse como clase, antes de pasarse al capitalismo.

A los jóvenes argelinos les falta, de manera dramática, conocer su historia. Y la historia reciente de nuestro país, con el ascenso de la extrema derecha religiosa musulmana, muestra que fuerzas jóvenes, fuerzas alentadas por la justicia social y la libertad, necesitan estar enraizadas en las luchas que las precedieron, y que por falta de conocimiento de esta historia, a veces se extravían en direcciones equivocadas.

Ampliando el foco, puede observarse un renovado interés libertario en el modelo de gobernanza que parte la población misma. En la independencia de Argelia, la referencia en materia de autogestión era Yugoslavia. Más recientemente, en los años 90 fue Chiapas, y actualmente es el Kurdistán Sirio (Cizirê, Kobané, Afrin) donde, al parecer, se está desarrollando un modelo laico, progresista y feminista. Pero la experiencia del mito argelino obliga a la cautela. Esta última experiencia tentativa de autogestión parece beneficiarse de lo que faltaba en la autogestión argelina (y en las primaveras árabes) para tener éxito: la conciencia política de lo que está en juego entre los actores de la base, es decir, que la revolución social, cultural, educativa, y no solo la revolución política, debe proceder de abajo a arriba.